
Para flauta (dobla a flautín), clarinete (dobla a clarinete bajo), percusión (glockenspiel, vibráfono, timbal, temple block y crótalo), piano, violín, viola, violonchelo y contrabajo

Marzo de 2025

12 min. aprox.
Dedicada a María Belmonte

Escuchar
Concierto de fin de grado de composición de la ESMUC y entrega del 23º premio Guinjoan
25/04/2024
Detalles
Flauta: Ophélie Derieux
Clarinete: Víctor de la Rosa Lorente
Piano: Carolina Santiago
Percusión: Diego Sáenz Sáenz
Violín: Jordi Prim Roma
Viola: Estela Megías Sánchez
Cello: Quim Tejedor Arruga
Contrabajo: Álex Reviriego
Dirección: Jordi Francés
Grabación realizada por la Escola Superior de Música de Catalunya
Notas al programa
Sumergirse dentro del agua es traspasar los umbrales de una nueva dimensión. En ella el tiempo parece aletargarse, las formas pierden rigidez y se tornan curvas y esquivas, el ruido al que solemos estar expuestos desaparece…
Porque, qué ruidoso es el mundo donde vivimos. Cuesta imaginar que podemos encontrar refugio de él en algo tan cotidiano como lo es el agua. Fue así, acosado por el bullicio constante de la superficie, por la frenética velocidad a la que los terrestres estamos expuestos, como me zambullí en el vasto océano extendido ante mis pies deseando alcanzar el sosiego que este medio puede otorgar.
No es tarea del todo fácil, pues en mi anhelo de quietud encuentro olas, corrientes, remolinos y otros sortilegios del agua que me transportan, zarandeándome sin rumbo por el infinito azul. Ante mis ojos se descubren los tesoros del mar: magníficos seres escamados sorprendidos por mi presencia, viejos objetos olvidados que, como yo, vagan a la deriva a merced de las corrientes, oscuros y fríos rincones, así como hermosos parajes, algunos de los cuales fueron sumergidos por el capricho de las mareas ya hace tiempo.
Confieso que a veces envidio a los habitantes del mar, que con sus branquias llevan una vida sencilla y tranquila en las profundidades. Yo, sin embargo, no puedo escapar de mi condición humana, y he de regresar a la superficie a coger aire. ¡Qué ruido y qué ajetreo! No paso más tiempo del necesario para reponer mis pulmones y así reanudar mi misión.
Pero cosas del azar, que fue al volver a sumergirme cuando inesperadamente encontré aquel santuario marino que fui a buscar. Me rodeaba un límpido remanso azul de aguas cálidas, salpicado por los destellos danzantes de un lejano sol, y al verme al fin desprovisto de distracción alguna que perturbara mi estado, sentí como el abrazo enorme del océano me conducía a la paz más absoluta; la paz del agua
Pedro Ortiz
Diseñado con WordPress






